domingo, 16 de agosto de 2026

volver al hogar (naderías)

Ver a mi hermano menor mover las orejas para sorprender a mi sobrina mientras hacemos sobre mesa me recuerda todo lo bello que hay en la vida familiar.

Cuando era niña ir de visita con los abuelos paternos era lo mejor que podía pasarme en vacaciones.

La casa era del abuelo, pero la cocina, la cocina siempre ha sido de las mujeres, impregnada de olor a café legal, gorditas picadas y pan, al final siempre el pan, primero los antojitos veracruzanos.

Para cuando llegábamos a sopear las conchas con café los adultos ya estaban enfrascados resolviendo la vida de alguien y más valía no interrumpir, de todos modos nunca respondía nuestras preguntas, siempre eran "cosas de adultos", "cosas de gente grande" o peor cuando mi decía que "los niños no tienen que meterse en las pláticas de sus mayores". 

Mientras nos concentrabamos en remojar bien nuestras conchas y tratar de comprender el chisme de sobremesa, de vez en cuando cruzabamos miradas con alguno de mis tíos quienes empezaban por levantar las cejas un par de veces, y cuando notaban que tenían nuestra atención ponían cara sería y empezaban a mover las orejas, surgía en nuestras caras infantiles la expresión de asombro y luego de estupefacción cuando nos mostraban que también podían mover la nariz.

Creo que volver a casa en la edad adulta se trata de eso, de encontrar elementos familiares en la cara de los adultos que nos conocimos niños, de ver la cara de diversión de mi sobrina cuando mira a su tío mover las orejas para entretenerla, y recordar los detalles sencillos que podemos tener para hacer sentir importantes a otros, pensar en el pasado con nostalgia y ver cómo hay pequeños gestos que vale la pena repetir. 

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