domingo, 2 de noviembre de 2025

Ofrenda a la abuelita Piedad

 

Miro la ofrenda a mi abuela paterna plaga de líquidos: agua, café negro y coca cola, dos tristes mandarinas que no alcanzaron a ser tres y un pan que no es hojaldra, flores de papel china y la foto de cuando ella era joven, mientras pienso con ironía ni modo abuelita, es por tu consejo de quemarme las pestañas para no quemarme las manos, y  más allá de la perorata sobre reivindicar los cuidados, me recargo en la pared a contemplar la ofrenda y pensar en mi abuela, ¿estaría orgullosa de mí? ¿qué opinión tendría del curso que ha tomado mi vida?

Tuve la enorme fortuna de tener una abuela que, aunque no terminó ni la primaria (igual que muchas de nuestras abuelas), siempre me aconsejo estudiar, ahora que soy una mujer adulta me la imagino pequeñita, acompañada de sus hermanas alrededor de un comal echando tortillas sin que todavía clareara, imagino la ardua tarea de hacer el nixcome, luego moler el nixtamal con el metate, prender la lumbre, y hacer bolitas de masa, palmearlas, soltarlas sobre el comal caliente, darles vuelta y colocarlas en una cubeta para que comieran los mozos y finalmente comer ellas. 

En las pocas pláticas que recuerdo me contaba que la sacaron de la escuela cuando iba en tercero de primaria porque tenía que ayudar en su casa, yo la veía con mucha atención, miraba sus manitas llenas de pecas por el sol y los múltiples surcos que dibujaban el contorno de su cuello, caminitos que recorrió el sudor, vestigios de las horas pasadas frente a la lumbre del comal.

Hoy me doy cuenta del gran privilegio que tuve al gozar 13 años de una abuela que siempre celebró con entusiasmo todos mis pequeños logros académicos.

Tuve una abuela que me motivo a acabarme las pestañas leyendo. 

Tuve una abuelita que sin tener el hábito de la lectura es el motor de todo cuanto leo.

Tuve una abuelita que también me hace pensar en la enorme deuda que tenemos con muchas niñas que aún se siguen quemando las manos sin que nadie se preocupe porque se quemen las pestañas.  


Todo esto para explicar porque la ofrenda de la abuela no tiene guisos suntuosos, ni platillos finamente elaborados y porque me la paso molestando a todo el mundo, especialmente a las jóvenes del servicio social, con que se ponga a leer. 

 

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