Da pena la cantidad de musas resfriadas,
siempre desnudas y sin abrigo.
¿Deberían tener un sindicato,
conseguir descuento en alguna cafetería,
membresía farmacéutica para
vitamina C a precio de mayoreo?
Pobrecitas en su desabrigo
resignadas a breves abrazos,
y fugaces besos,
que de tan efímeros ni calientan
que de tan etéreos no encienden la llama,
que de tan futiles no causan sonrojo.
Producto de una literatura hospitalariamente sádica,
tísicas,
flemáticas,
tuberculosas,
y las más mediocres: asmáticas.
Solas en sus banquillos de estudio
cuando se apaga la luz,
¿Acaso hay criatura más egoísta que un artista?
¿No se artan los hartistas de mirar inanición y principios de hipotermia?
Da terror pensar esto al inicio del otoño,
para invierno todo se habrá olvidado,
sobrevivirán las fuertes para primavera,
sobrevivirán las mentirosas,
las traidoras,
las mañosas,
las que apagadas las luces del estudio
corran al abrigo de la manta ajena,
al sosiego de la caricia amiga,
a la fricción externa.
Volverán las musas en verano
fingirán candidez,
timidez,
sin inmutarse con su desnudez.
¡Míralas, tan pobrecitas!
Causa desazón pensar que no tienen derechos laborales.
¡¿Por qué no son dueñas de nada,
ni siquiera de un maldito suéter?!
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