Miro la ofrenda a mi abuela paterna plaga de líquidos: agua, café
negro y coca cola, dos tristes mandarinas que no alcanzaron a ser tres y un pan que no es hojaldra, flores de papel china y la foto de
cuando ella era joven, mientras pienso con ironía ni modo abuelita, es por tu consejo de quemarme las pestañas para no quemarme las manos, y
más allá de la perorata sobre reivindicar los cuidados, me recargo en la pared a contemplar la ofrenda y pensar en mi abuela, ¿estaría orgullosa
de mí? ¿qué opinión tendría del curso que ha tomado mi vida?
Tuve la enorme fortuna de tener una abuela que, aunque no
terminó ni la primaria (igual que muchas de nuestras abuelas), siempre me
aconsejo estudiar, ahora que soy una mujer adulta me la imagino pequeñita, acompañada de sus hermanas alrededor de un comal echando tortillas sin que
todavía clareara, imagino la ardua tarea de hacer el nixcome, luego moler el nixtamal con el metate, prender la lumbre, y hacer bolitas de masa, palmearlas, soltarlas sobre el comal caliente, darles vuelta y colocarlas en una cubeta para
que comieran los mozos y finalmente comer ellas.
Hoy me doy cuenta del gran privilegio que tuve al gozar 13 años de una abuela que siempre celebró con entusiasmo todos mis pequeños logros académicos.
Tuve una abuela que me motivo
a acabarme las pestañas leyendo.
Tuve una abuelita que sin tener el hábito de la lectura es el motor de todo cuanto leo.
Tuve una abuelita que también me hace pensar en la enorme
deuda que tenemos con muchas niñas que aún se siguen quemando las manos sin que
nadie se preocupe porque se quemen las pestañas.
Todo esto para explicar porque la ofrenda de la abuela no tiene guisos suntuosos, ni platillos finamente elaborados y porque me la paso molestando a todo el mundo, especialmente a las jóvenes del servicio social, con que se ponga a leer.
